Hacia una nueva revolución industrial

El relato sobre la sociedad de la información anunciaba que el trabajo se iba a concentrar en el sector servicios, con una explosión de oportunidades laborales en el desarrollo de software, servicios por Internet, comunicación multimedia y la I+D de nuevas tecnologías. Las factorías se iban a trasladar allí donde la mano de obra fuera barata, convirtiendo a Asia en el gran taller del mundo, mientras que la producción textil se repartía por lugares como Marruecos, Turquía y Bangladesh. Lo industrial evocaba decadencia y decrepitud, como el Bilbao previo al efecto Guggenheim o la actual Detroit. Sin embargo, presenciamos ahora de forma persistente señales de que la fabricación de objetos materiales y tangibles está camino de sufrir una revolución equiparable a la que la informática e Internet proporcionó a la información. El sector industrial va a volver a producir titulares y oportunidades.

Uno de tantos síntomas es que grandes empresas se están replanteando la externalización de su producción en China. El ascenso económico del gigante asiático ha subido los salarios en sus grandes áreas industriales costeras, reduciendo su competitividad cuando la crisis en los países occidentales ha contenido los salarios. Factores como la falta de protección a la propiedad intelectual de la empresas extranjeras o la percepción negativa de los consumidores del “Made in China” ha traído de vuelta la producción. La externalización de la producción a Asia también ha generado debilidades en las cadena logísticas. Aparte de la lejanía a Europa y Norteamérica de los proveedores, tsunamis y tifones han afectado periódicamente a sectores enteros por la concentración geográfica. Es habitual que empresas que se hacen la competencia se establezcan cerca de los proveedores que fabrican componentes esenciales, agrupándose todos en parques industriales ultraespecializados. Las graves inundaciones de Tailandia en 2011 afectaron temporalmente a la producción mundial de discos duros, de la misma forma que un terremoto en Taiwán afectó a la producción de grandes pantallas LCD. La reindustrialización de los países occidentales se está viendo ayudada también por avances como el desarrollo de robots industriales avanzados, mucho más flexibles en sus capacidades que la presente generación, que hacen irrelevante para algunos sectores el costo de la mano de obra y por tanto atractiva la idea de establecer las factorías cerca de los mercados.

Los cambios en las grandes factorías con cadenas de producción palidecen con las posibilidades que se abren con la producción a pequeña escala. El desarrollo más popular y llamativo es el de las impresoras 3D, que crean objetos de plástico y que es el anticipo de un futuro donde, de la misma manera que el ordenador e Internet democratizaron la creación y difusión de información o contenido multimedia, veremos una popularización de la creación de objetos. De momento las impresoras 3D crean objetos simples de plástico, pero sólo estamos ante la primera generación de una tecnología que ha empezado a dar sus primeros pasos y del que ya se estudia su equivalente para la creación de tejidos vivos. Mientras tanto, se popularizan sistemas informáticos simples y tremendamente baratos, como el pequeño microcontrolador Arduino o el ordenador Raspberry Pi, cuyas arquitecturas abiertas permiten modificarlas, adaptarlas y añadir complementos. Es interesante destacar que ambos sistemas nacieron lejos de Asia y Sillicon Valley. El primero nació en Italia y el segundo en el Reino Unido. Pronto veremos impresoras de circuitos impresos que popularizarán más la producción doméstica de dispositivos electrónicos. Lo más interesante es que en torno a la producción de objetos se forman comunidades de creadores que comparte en Internet sus diseños con licencias abiertas para que otros usen, modifiquen y mejoren el resultado. Además las plataformas de financiación de proyectos mediante donaciones de potenciales cliente permiten un rápido acceso el mercado y el desarrollo de prototipos.

Evidentemente todos no nos vamos a convertir en creadores de objetos, de la misma forma que poder publicar fotos y vídeos en Internet no nos convirtió a todos en fotógrafos famosos y estrellas de cine. Simplemente el talento disperso y oculto alrededor del mundo de personas creativas va a poder alcanzar su pleno potencial. Surgirán nuevas oportunidades de negocio que ni imaginamos, de la misma forma que hace veinte años nadie podría imaginar cómo en torno a la World Wide Web iba a surgir un sector empresarial puntero. Es una revolución que empieza ahora.

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Aplicaciones médicas de la impresión 3D

La cara más popular y conocida de la impresión 3D es el uso doméstico para ocio y entretenimiento. Pero poco a poco se van abriendo paso otro tipo de aplicaciones, como las industriales en la fabricación de componentes y la reparación in situ de maquinaria. De esas otras aplicaciones, entre las más sorprendentes están las aplicaciones médicas de la impresión 3D.

El diseñador Jake Evill ha ideado el empleo de una estructura plástica realizada con impresoras 3D como sustituta del yeso en la inmobilización de extremidades en caso de fractura. El proceso consiste en que, una vez se ha realizado la radiografía y localizado la fractura, con un escáner 3D se digitaliza un modelo de la extremidad a inmovilizar. A partir de ese modelo, un programa calcula la estructura óptima de la envuelta que fabricará la impresora a modo de exoesqueleto. Jake Evill ha bautizado su diseño como Cortex.

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Las impresoras 3D también tienen aplicación en medicina interna y cirugía. Pero si en el caso del Cortex se trata de una propuesta, ya existen casos reales de aplicaciones que han salvado vidas. El pasado mes de mayo, salió publicado un artículo científico con la experiencia de unos médicos de la Universidad de Michingan que implantaron en febrero de 2012 una estructura de biopolímero en la tráquea y bronquios de un recién nacido con una malformación que le impedía respirar adecuadamente. La prótesis fue realizada con una impresora 3D pero con un material que será absorbido por el propio cuerpo del paciente en un plazo de tres años.

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Tras la deslocalización, reindustrialización

Apuntaba el semanario The Economist en su dossier The third industrial revolution de abril de 2012, que el movimiento Maker formaba parte de una fase de revalorización del sector manufacturero. Tras años de deslocalización a países asiáticos con mano de obra barata, las empresas se estaban replanteando volver a fabricar sus productos en los países occidentales por una suma de razones batante amplia: Bajada de los salarios por la crisis, vulnerabilidad de las patentes en China, debilidad de las cadenas logísticas, etc. Son varias las noticias recientes que apuntan en esa dirección.

Una ancédota repetida continuamente era que Apple sería incapaz de producir al completo sus iPad en factorías propias en Estados Unidos porque la propiedad intelectual de muchos subcomponentes clave era ya de terceros. Así que, en un movimiento para contrarrestar esa debilidad y posiblemente también para contrarrestar la mala fama adquirida por las condiciones de trabajo en las factorías chinas en las que está externalizada la producción, Apple ha anunciado la apertura de una factoría en Texas para la producción de la línea de ordenadores Mac. Un camino parecido ha realizado Motorola, el fabricante de móviles ahora en manos de Google. Ha anunciado un nuevo móvil, llamado Moto X, que se promociona como el “primer smartphone diseñado y ensamblado en Estados Unidos” y que “los usuarios podrán diseñar a su gusto”. Otro recorrido de ida y vuelta paradójico es el de la empresa china Lenovo. Compró a IBM en 2004 su división de ordenadores personales y el pasado mes de junio inaguró una factoría en Estados Unidos.

En el futuro veremos más movimientos de ese tipo, facilitados por nuevas tecnologías de fabricación más flexibles y menos dependientes del coste de la mano de obra. De momento, las impresoras 3D están siendo empleadas por empresas como Ford y General Electric para la elaboración rápida e inmediata con grandes ahorros de coste de determinadas piezas de plástico.